Barracón 12, preso 5185
Campo de concentración de Mauthausen (Austria). 20 de febrero de 1941.
Desde la pequeña ventana del barracón solo se puede ver la verja, y a la derecha una torre de vigilancia. Es un barracón muy peculiar en el cual los presos hablan castellano y, de vez en cuando, se escucha alguna conversación en catalán, gallego o euskera. Todos ellos, españoles, gente derrotada de la Guerra Civil, exiliados, personas que no saben cuál será su futuro en una Europa esclavizada por Hitler. Se abre la puerta y entra un oficial en el barracón, conocido de todos ellos por ser el único que habla castellano. Fija su mirada en el preso más joven, Francesc:
-Preso 5185, acompáñame.
Un escalofrío recorre el cuerpo de nuestro joven amigo mientras sus compañeros temen que sea la última vez que le vean. Una vez fuera de nuevo el oficial se dirige al preso:
-Tú en España eras fotógrafo, ¿no es así?
-Cuando no era el preso 5185.
-Bien, entonces hoy tienes trabajo. Nuestro fotógrafo ha sido enviado al frente y es el cumpleaños de la hija del alcaide. Tú te harás cargo de fotografiar la fiesta.
Media hora después Francesc se encuentra con la cámara en la fiesta, en la cual están los oficiales con sus parejas e hijos. Ahora saca una foto de cómo bailan, luego partiendo la tarta, más tarde de los niños jugando… El sonido de la sirena recuerda a Francesc dónde se encuentra. También se escuchan gritos y a los perros ladrar. Es el ritual de todos los días: un preso intenta escapar. Todo el campamento queda iluminado, y la noche parece convertirse en día. Francesc observa a través de la ventana y ve como un preso escala por la verja pero se enreda en los alambres y en ese momento se escucha un disparo. El preso abrazado a la verja queda muerto, mientras la sangre le cae por el cuello. Se oye un segundo disparo, pero esta vez ni hiere ni mata a nadie. Es el disparo de la cámara de Francesc, que ha intentado captar ese momento. Mira temeroso a su alrededor, aunque por suerte nadie le ha visto. Con mucho esfuerzo logra disimular los sentimientos de rabia y miedo que le invaden en esos instantes.
Horas más tarde se encuentra solo en un pequeño cuarto y va revelando las fotos; en esos momentos sólo le preocupa que una de ellas salga nítida. Cuando la tiene delante y va apareciendo la imagen ve que es tan perfecta que, ¡ay Dios!, las lágrimas le caen por la cara al reconocer al preso asesinado. Es Josep su amigo, su maestro, su compañero. Años atrás, Francesc paseaba por las calles de una bulliciosa Barcelona buscando trabajo, y llegó hasta la pequeña tienda de fotografía de Josep, quien le daría trabajo, le enseñaría un oficio, y lo más importante, a ser mejor persona y más libre. Por su influencia entraría en las Juventudes Socialistas Unificadas. La derrota en la Guerra Civil llevaría a maestro y discípulo al exilio, a luchar contra Hitler y a ser encerrados en este campo de concentración.
Francesc cubre cuidadosamente con plástico la fotografía y la guarda encima de un armario. A los pocos minutos entra por la puerta el oficial alemán y observa detenidamente las fotos del cumpleaños:
-En verdad tu oficio es ser fotógrafo. Haremos una cosa: a partir de ahora te vas a hacer cargo de las fotografías del campamento. Los límites de lo que debes o no fotografiar ya los tienes que saber a estas alturas. No cometas un error o terminarás muerto.
Lo que no sabe el oficial es que Francesc ya ha sobrepasado los límites en el primer día de su nuevo destino.
De nuevo en el barracón, ve como los compañeros están desolados, sin ganas de conversar tras haberse enterado de la muerte de Josep. Sin embargo, Francesc cuenta lo sucedido con la foto y el hecho de que podrá tomar más fotos para que una vez liberados puedan servir a los tribunales, o para que en el futuro se sepa lo que pasó en este campo de concentración. En ese momento todos los presos son conscientes del valor de la vida de Francesc: debe vivir hasta la liberación del campo, y por ello deciden que cada uno de los presos dará una cucharada de su comida a Francesc.









