La alambrada de Albatera
>Vivencias. Juan Ramos ingresó en el campo de Albatera con 14 años tras pasar una semana en el de Los Almendros. Estuvo casi un mes y sufrió, junto a su padre y su hermano, la crueldad del aparato franquista.
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MARTA GARCÍA
Juanito calmaba los picores acercándose a la zanja improvisada para que los prisioneros defecaran cuando los soldados lo permitían. Algunos de ellos aguantaban el apretón nocturno, pero otros morían asesinados a balazos al intentar alcanzar la zanja, abierta cerca de la alambrada, en plena madrugada. En algunos de sus paseos diarios para evadirse y gastar parte de la jornada, Juanito se colocaba cerca del agujero maloliente, sacudía la cabeza y su camisa para desprenderse de aquellos molestos piojos que se alimentaban de los prisioneros hacinados en el campo de concentración de Albatera, en Alicante, a principios de abril de 1939.
Juanito sólo tenía 14 años y ya había escuchado alguna vez aquella frase que repite con aspavientos a sus 88 años. «¡Cállate, Juanito, que tú eres un crío!», le decía su familia. «¡Pero me han encerrado como a los hombres!», contestaba sin más el joven en los Almendros, otro campo de concentración por el que pasó junto a su padre y un hermano una semana antes de llegar a Albatera. El campo franquista alicantino sólo estuvo activo seis meses, pero
El historiador Javier Rodrigo, profesor de
«Allí no había nada que hacer», explica Juan Ramos en el patio del chalé de su hijo. Sus continuos paseos por la tierra árida del campo le proporcionaron ciertas recompensas. «Un día me dijeron unos soldados que si les traía leña o algo para calentar un caldo de jamón me darían una tacita. Así que cogí una tabla del barracón y la llevé».
La escasez de alimento se convirtió en una de las torturas más crueles del aparato represor franquista, que se guiaba por un reglamento interno para gestionar los campos de concentración desperdigados por todo el país. Hubo más de 180, según Rodrigo, de los cuales 104 se consideraban estables. Y sólo la provincia de Toledo contó con cinco centros de internamiento. Fueron necesarios, a su juicio, «para que Franco asentara su poder», explica en un dossier publicado en la revista Hispania Nova en 2006.
Los prisioneros probaban un «chusco de pan» de vez en cuando, aunque muchas veces no tenían nada que comer. Los días de suerte llegaban los soldados cargados con panes en una manta y se les suministraba un pedazo a cada uno acompañado de una lata de sardinas para compartir entre dos. Meses después el avituallamiento dejó de lado las sardinas por los platos de caldo de lentejas.
La sed consumía de deshidratación a muchos de ellos. Uno de los castigos más refinados y extendidos en distintos centros consistía en dejar sin beber a los prisioneros casi una semana «Uno de esos días llegaron con una cisterna llena de agua y extendieron una enorme manguera. Empezaron a soltar agua y los prisioneros nos tiramos al suelo cuando vimos los hoyos en la tierra para poder mojarnos la boca», relata Juan Ramos deprisa para que no se le olvide esta vivencia.
Afirma además que varios nazis estuvieron presentes en aquel momento y grabaron la escena. Esta es la primera vez que un testimonio comenta la visita, puesto que no existe documentación que haga referencia a este capítulo, sólo a la llegada de soldados italianos uno de aquellos días para presenciar la escena y hacer fotos a los reclusos, muertos de hambre porque llevaban sin comer varios días, cuando se les suministró pedazos de pan. Lo cuenta el conocido poeta Marcos Ana, el español que ha pasado más años encarcelado, con el que coincidió Ramos en Albatera.
La llegada a albatera. Este toledano llevaba cosida la condena porque su padre había sido el alcalde de San Bartolomé de las Abiertas, su pueblo «¿Desde cuando en una guerra el alcalde es responsable de todo lo que pasa? Todos querían matar porque tenían sed de sangre», explica. La familia, un matrimonio y varios hermanos, pasó los tres años de
Después de sortear numerosos peligros, su padre, su hermano y él terminaron en el puerto de Alicante «esperando un barco que nunca llegó». En cambio, arribó otro que avisó de su llegada con el Himno Nacional. «Comenzaron las detenciones y hubo sus más y sus menos». Los testigos de aquellos momentos han relatado en los últimos años que algunas personas no soportaron la situación y se cortaron las venas. Otros decidieron tirar al mar su pistola para evitar problemas antes de que les cogieran. «Nos llevaron andando al campo de los Almendros y allí estuvimos mi padre, mi hermano y yo una semana». El resto de la familia fue recluida en un cine de Alicante donde realizaban ejercicios espirituales para la reeducación de almas desafectas al Régimen.
Memorias. A Juan Ramos le gustaría que se publicase un libro con sus memorias y no para de contar vivencias para no olvidarse de ninguno de aquellos momentos. A pesar de que sabe que se trata de un reportaje para un periódico, no quiere que falte detalle. «No teníamos nada que comer allí, así que terminamos metiéndonos en la boca todo el moho que se encontraba en el terreno». Otros detenidos han comentado en alguna ocasión que arrasaron con todas las plantas que había en este centro de internamiento para calmar las miserias de unos estómagos tiritones.
Pese a su juventud y al paso de los años, este toledano recuerda con nitidez que algunos de los prisioneros se suicidaban subiéndose a la torreta de alta tensión que había en el campo de concentración. Allí sólo estuvo una semana, pero no se imaginaba el destino siguiente. «Nos montaron en un tren de mercancías como sardinas en lata camino de Albatera». Hacia un inmenso terreno arcilloso cercado por una alambrada, varios pabellones de madera en el centro y alguna que otra edificación a mayor distancia.
El ejército franquista se encontraba desbordado con tanto prisionero y los campos de concentración improvisados durante ese año no daban abasto. Se calcula que Albatera no superaba los 7.000 presos, pero muchos testimonios han comentado años después que el campo de concentración llegó a recluir a 15.000 y 20.000 personas.
Su estancia duró poco menos de un mes, pero fue suficiente para sentir el rencor y la crueldad de un ejército ávido de poder. Su padre hizo lo que pudo para proteger a sus dos hijos y les aconsejó que nunca se acercaran a una de las garitas por las continuas visitas de los falangistas hambrientos de venganza que señalaban a distintos presos y se los llevaban para ajusticiarles por su cuenta o trasladarles a un penal. Manuel García Corachán, uno de los muchos internados en aquellas fechas, relata en sus memorias los insultos que recibían los prisioneros. «El espectáculo fuerte en Albatera éramos nosotros. Los visitantes llegaban plenos de curiosidad a los barrotes de nuestra jaula. Algunos se limitaban a mirarnos como a bichos raros, pero la mayoría se complacía a llenarnos de insultos».
Y Juan y su hermano hicieron caso a su padre porque sabían que a los que cogían no les aguardaba nada bueno, ya que algunos morían en el campo poco después a pesar de que la intención de todos ellos era el traslado.
A Juan le interrumpe de vez en cuando su hijo para que cuente su historia en un orden y pide perdón porque la edad le lleva de una anécdota a otra. «Bastante memoria tengo para mis 88 años», se queja, pero continúa con su relato con expresividad porque se siente protagonista. «Yo allí tenía miedo de todo, pero no de ellos». No presenció ningún fusilamiento aunque fueron una constante que otros muchos reclusos vieron. En algunas ocasiones, los tiroteos indiscriminados quisieron reprimir algunas de las fugas y los prisioneros, numerados como en los campos de concentración nazis, comparten en su memoria aquellos momentos en los que se anunció que por cada preso que intentara fugarse se fusilaría a otros prisioneros, normalmente, a los que llevaran el número anterior y posterior al fugado.
La violencia y el terror perdían fuerza fuera de la alambrada porque la propaganda franquista vendió al mundo entero una buena imagen pública amparada por una necesaria reeducación para construir una España sólida. Y en aquellos parámetros cabía una «violencia necesaria, sanadora y justificada» para encarrilar a los desafectos, según el historiador Rodrigo. Sin embargo, las cifras no pudieron disimularse y más de 15.000 fusilados, 30.000 desaparecidos, 500.000 internos en campos de concentración, miles de prisioneros de guerra, decenas de miles de exiliados por las circunstancias y miles de niños robados no esconden la barbarie pese a un forzado silencio por miedo a represalias.
Encuentro con Marcos Ana. Juan Ramos nunca imaginó que aquel chaval, un poco mayor que él, con el que coincidió en Albatera sería famoso años más tarde. El poeta Marcos Ana sólo tenía 18 años y pocos meses y llevaba prácticamente los mismos días en Albatera. «Vi un paquete de alfalfa al otro lado de la alambrada y Marcos Ana entregó un reloj para que le dieran un puñadito», recuerda. Los jóvenes no se conocían, pero salieron del campo de concentración el mismo día expulsados por el ejército por ser menores de edad, pese a que éste último no paró de urdir planes de fuga durante varios días. No fue el único preso conocido, también pasaron por Albatera Juan Peset Aleixandre, diputado republicano y rector de
En algún homenaje relacionado con
Los tres salieron sin pegas y los hermanos se dirigieron a Madrid en busca de la familia de su padre, pero a éste no volvieron a verle porque se quedó allí y terminaron fusilándole en la cárcel de Ocaña cuatro años más tarde. Durante el trayecto pararon en un naranjal de la familia de uno de los internados que conocían porque el hambre aguzaba otra vez el estómago.
Juan Ramos no se cansa después de un par de horas de charla. Quiere más, lo quiere contar todo, pero sabe, en el fondo, que sólo su memoria guardará todas sus vivencias, incluso su paso por la cárcel de San Bernardo en Toledo poco después. No para de decir que el franquismo dejó «una familia rota, desecha y hambrienta» que se quedó sin el padre, muerto en la cárcel de Ocaña en 1943, por «la hemorragia de una herida de bala», indica un desgastado parte oficial.









