"No me importa si tengo que darme por enterado si sois inocentes o no inocentes de los cargos que se os hacen. Tampoco haré caso alguno de los descargos que aleguéis, porque yo he de basar mi acusación, como todos mis anteriores consejos de guerra, en los expedientes ya terminados por los jueces e informados por los denunciantes. Soy el representante de la justicia para los que se sientan hoy en el banquillo de los acusados. ¡No soy el que los condeno, son sus pueblos, sus enemigos, sus convecinos! Yo me limito a  decir en voz alta lo que otros han hecho en silencio. Mi actitud es cruel y despiadada  y parece que sea yo el encargado de alimentar los piquetes de ejecución para que no paren su labor de limpieza social. Pero no,  aquí participamos todos los que hemos ganado la guerra y deseamos eliminar toda oposición para imponer nuestro orden...

Considerando que en todas las acusaciones hay delitos de sangre, he llegado a la conclusión de que debo pedir y pido para los dieciocho primeros penados que figuran en la lista la última pena, y para los dos restantes, a garrote vil. Nada más.

Este era el proceder habitual de los fiscales en lo jucicios sumarísimos a los que se sometía a los "rebeldes", estos no solian durar más de media hora y eran juzgadas varias personas. La actuación del abogado defensor era practicamente nula, y cuando eran preguntados los reos si tenian algo que alegar, y alguno osaba levantarse para intervenir, se le silenciaba inmediatamente.